martes, 9 de marzo de 2010

DÍA DE LA MUJER / 2

No nos podía faltar un poema para este Día de la Mujer. Esta vez hemos elegido uno de Gioconda Belli, escritora nicaragüense, que representa junto con Ernesto Cardenal y Claribel Alegría la renovación de la poesía de su país. Queremos desde nuestro blog dar la voz a esta importante escritora latinoamericana que representa la lucha de tantas mujeres de allá para buscar la identidad femenina con una clara conciencia social. En ella la poesía se convierte en herramienta para transformar la sociedad y es la representación de tantos colectivos de mujeres que luchan por mejorar su situación en Centroamérica y Suramérica, donde no se goza de las oportunidades ni de las igualdades de los países más desarrollados.






Este poema forma parte de su libro Apogeo publicado por Visor en el que ella misma explica: “He querido celebrar el apogeo, el cenit, en la vida de las mujeres. Ese momento fundamental de la existencia donde la integridad y la belleza física, coexisten con la sabiduría y la madurez del intelecto. Es una época de meditación, cambios y plenitud, de euforias, pero también de temores. Una época en que la mujer se enfrenta las nociones preconcebidas de una sociedad que, hasta ahora y gracias al esfuerzo de las propias mujeres en todo el mundo, apenas empieza a reconocer el valor y aporte de lo femenino…”

En el poema va citando a mujeres relevantes de la historia pero yo deseo dedicar estos versos a todas las mujeres pioneras anónimas que durante siglos han venido luchando para que hoy en día una mujer como yo pueda disfrutar de una independencia y una libertad. Mujeres como mi mamá o mi abuela que no pudieron estudiar, que ni siquiera pudieron completar los estudios primarios. Porque a pesar de que hoy se cumplen cien años (¡sólo cien años!) del acceso de la mujer a la universidad española, la realidad es que era un campo vedado para la inmensa mayoría de mujeres, mujeres como las de mi familia. Mi abuela se crió en una vaquería y nunca tuvo un sueldo propio, tuvo que sacar adelante a siete hijos entre pañales de tela, remiendos para alargar las prendas y monos de grasa del taller mecánico de mi abuelo. Mi madre se sacó el Graduado Escolar cuando yo tenía 10 años y recuerdo su empeño por hacerlo, yendo a clases por la noche, cuando llegaba agotada de su trabajo limpiando casas ajenas, cuidando niños o personas mayores por horas a cambio de sueldos miserables. Pero nunca olvidaré sus ganas de aprender y progresar, sus inquietudes por tener una buena biblioteca y por invertir sus poquitos ahorros en una cinta de casete o en un libro. Las dos siempre me decían “Estudia, Patricia, aprovecha la oportunidad tú que puedes”. Y mis primas y yo, somos el ejemplo del cambio que ha ido dando nuestra sociedad porque las cinco hemos podido ir a la universidad y completar estudios superiores, algo que era impensable para nuestras madres y mucho menos para nuestras abuelas. Esto supone una evolución, pero no olvidemos que si seguimos celebrando este día es porque todavía quedan muchas cosas por conseguir. ¿Veremos algún momento en que deje de celebrarse esta jornada porque se haya alcanzado la igualdad real? Mientras tanto seguiremos en la batalla.

Dedicamos este poema a todas las mujeres del mundo que han luchado, luchan y lucharán por conseguirlo.

PATRICIA DEL AMO



CONTRADICCIONES
a las inolvidables mujeres del PIE


Afuera,
la noche, agazapada,
aguarda como tigre
para saltar a través de la ventana.
En este recinto donde,
trabajosamente,

le arranco al aire las palabras,
me asombra el inesperado deseo
de un beso
leve

sobre la pierna.
No hay, nadie aquí
Está mi cuerpo solo
mientras yo estoy con ellas:
las mujeres sin habla.
Esas que mis dedos escuchan,
esas que entran de noche

con aliento de luna.
Mujeres de los siglos
me habitan:
Isadora bailando con la túnica.
Virginia Woolf en su cuarto propio.
Safo lanzándose desde la roca.
Medea. Fedra. Jane Eyre
y, mis amigas,
espantando la decrepitud del tiempo,

escribiéndose a sí mismas
sacudiendo viejas sombras para alumbrar sus perfiles
y poderse ver al fin
despojadas de toda constricción.
Mujeres danzan a la luz de mi lámpara.
Se suben a las mesas. Dicen discursos incendiarios.
Me sitian con los sufrimientos. Las marcas del cuerpo.
El alumbramiento de los hijos.
El silencio de las olorosas cocinas.
Los efímeros, tensos, dormitorios.
Mujeres enormes.

Monumentos me circundan.
Dicen sus poemas. Cantan. Bailan.
Recuperan la voz.
Dicen: “No pude estudiar latín.
No pude escribir como Shakespeare
Nadie se apiadó de mi gusto por la música.”
George Sand: “Tuve que disfrazarme de hombre.
Escribí oculta en el nombre masculino.”
Y más allá, Jane Austen
acomodando las palabras de "Orgullo y Prejuicio”
en un cuaderno, en la sala común de la parroquia,

interrumpida innumerablemente por los visitantes.
Mujeres de los siglos,
adustas
envejecidas
tiernas
con los ojos brillantes descienden en mi entorno.

Ellas

perecedereas
inmortales
parecieran gozar en sus cuerpos de gaza,
viendo mi cuarto propio,
el nítido legajo de papeles blancos,
el moderno compacto procesador,
los estantes de libros,
los gruesos diccionarios.
Yo miro de soslayo el armario con la ropa blanca,
mis suaves y femeninas prendas íntimas.


Noto la lista del mercado en la mesa de noche.

Siento el deseo aún
de un beso
leve
sobre la pierna.

GIOCONDA BELLI Apogeo

.

1 comentario:

Marta de Nevares dijo...

Bonito comentario y bonito poema. Mantengamos el orgullo de descender de luchadoras cotidianas, silenciosas y desconocidas. ¡Qué grandes eran!