martes, 27 de noviembre de 2012
LO QUE HAY QUE VER / EXPOSICIONES / VAN DYCK
En el Museo del Prado, y hasta el 3 de marzo del próximo año, se puede ver una excelente exposición sobre la obra del pintor Anton Van Dyck (Amberes, 1599 - Londres, 1641). Concretamente, la exposición se centra en su primera obra, en El joven Van Dyck, tal como reza su título.
Damos aquí cuenta de ella, y os invitamos a que la visitéis y a que accedáis a más información sobre la misma pinchando en la imagen superior. En la página del museo, podréis ver también un interesante vídeo sobre la exposición.
Que la disfrutéis.
domingo, 17 de junio de 2012
DÍA MUNDIAL CONTRA LA DESERTIZACIÓN
No creáis que la desertización está tan lejos. No hay más que hacer un viaje por Alicante, Murcia o Almería. Merece la pena luchar por un planeta mejor. Si pincháis en la imagen, podréis acceder a un recurso didáctico sobre este tema.
domingo, 4 de marzo de 2012
LA MUJER AZUL PASA POR EL QUIRÓFANO


A esta mujer la pintó Pablo Picasso a principios del siglo XX. Era la llamada época azul del pintor, y se conoce este cuadro con el título de La mujer en azul (aunque yo siempre la vi un poco verde). Más de cien años de vida la habían dejado algo ajada, así que la vieja dama ha tenido que pasar por el quirófano.
Pinchad en la imagen para conocer la historia del cuadro y de su restauración, así como para acceder a otras noticias relacionadas. Nosotros os dejamos con un vídeo muy ilustrativo en el que, además, aprenderéis que un químico también tiene cabida en el mundo del Arte.
jueves, 28 de abril de 2011
LO QUE HAY QUE VER / EXPOSICIONES


MUSEO DEL PRADO - CHARDIN (1699-1779)
Últimamente nos ha dado por las exposiciones, pero no vamos -por supuesto- a pedir disculpas por ello. No hay nada más sano que darse una vuelta por alguna de las muchas e interesantes exposiciones que nos rodean. Hoy le toca el turno al siglo XVIII, y a uno de los pintores franceses más característicos de ese siglo: Chardin.
En España hay poquísmas obras de este pintor, así que se agradece mucho esta exposición en la que podemos ver unos cincuenta cuadros en los que predominan los bodegones (magníficos El florero, La tabaquera o el de Las fresas silvestres) y las escenas de género. Seguro que para muchos puede ser un excelente descubrimiento. Os ofrecemos un enlace con toda la información sobre la muestra y con imágenes y vídeos sobre la misma.
domingo, 10 de abril de 2011
LO QUE HAY QUE VER - Exposiciones
El arte románico se desarrolló en buena parte de la actual Europa entre los siglos XI y XIII. Se trata de una nueva estética que se aparta de los cánones clásicos y que va a crear un arte antinaturalista que tiende a la abstracción. Cuando hoy vemos esas pinturas y esculturas tan geométricas, con esos vivos colores y ese desinterés por representar el espacio, no podemos dejar de pensar en la modernidad de esas imágnes. Así lo sintieron los vanguardistas de los primeros decenios del siglo XX. Mucho aprendieron Picasso y otros modernos-antiguos de estas pinturas y esculturas, como bien señala el magnífico catálogo de la exposición. En realidad, estas obras están bastante cerca de nuestra estética.
En fin, ya sabéis, tenéis hasta el 15 de mayo para disfrutar de esta muestra. Es una de las ventajas que tiene vivir en Madrid o en sus alrededores. No os la perdáis.
viernes, 25 de marzo de 2011
AÑO INTERNACIONAL DE LOS BOSQUES / EL BOSQUE DE OMA
En la Reserva Natural de Urdaibai, en Vizcaya, se encuentra el Bosque de Oma (Omako basoa, en vasco), lugar donde el artista Agustín Ibarrola solucionó a brochazos de colores la tradicional dialéctica entre Arte y Naturaleza. En los troncos de los pinos de Monterrey que forman ese bosque, realizó pinturas: ojos, figuras humanas, animales, simples colores con formas abstractas…
Agustín Ibarrola (1930) es un artista vasco con una larga trayectoria vital y artística. Esta no es la única obra de Ibarrola que tiene relación con los bosques. A lo largo del año veremos otras. En la que nos ocupa hoy, el bosque se ha llenado de habitantes mágicos y, a veces, inquietantes: ojos que nos observan, espíritus, tótems primitivos que guardan la naturaleza. A veces las pinturas nos recuerdan los bosque de los cuentos de nuestra infancia, quizá por eso les va también a esas imágenes la música que Procofiev compuso con el título Los cuentos de la abuela (Op. 31, Andantino). Interpreta la St. Petersburg Radio & TV Symphony Orchestra con Stanislav Gorkovenko al frente.
Es otra forma de celebrar los bosques.
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lunes, 3 de enero de 2011
MÚSICA PARA ENERO
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Este blog es muy ambicioso, y ya no nos conformamos con regalaros un poema para cada mes. Ahora también tenemos música para abrir el mes. Se trata de una obra de Tchaikovsky (1840-1893) titulada Las estaciones, en la que dedica un movimiento a cada mes.
Vamos a usar la versión para violín y orquesta de Peter Breiner (porque no hemos encontrado otra, la verdad). Será interpretada por la Queensland Symphony Orchestra dirigida por Peter Breiner, violín Takako Nishizaki.
Cada mes irán apareciendo los movimientos correspondientes ilustrados con vídeos de nuestra cosecha. Para el mes de enero hemos elegido obras pictóricas que representan escenas y paisajes invernales. Hemos ido dando saltos o zancadas a lo largo de la historia del arte y hemos picoteado aquí y allá. Nada sistemático. El resultado son una serie de imágenes de los siguientes pintores: Pieter Brueghel el Viejo (1525-1569), Pieter Brueghel el Joven (1564-1638), Turner (1775-1851), Friedrich (1784-1840), Pissarro (1830-1903) y Monet (1840-1926). Creemos que es un agradable paseo por la historia del arte. Esperamos que os guste.
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miércoles, 29 de diciembre de 2010
LO QUE HAY QUE VER / EXPOSICIONES
Vamos a ver, ya habéis cenado y comido con la familia, habéis cantado villancicos, habéis ido de compras…; en fin, habéis hecho todo lo que se espera de vosotros en Navidad. ¿Y si hacéis algo diferente? Por ejemplo, ir a ver una exposición. Sed originales, si ya habéis comido turrón, comed cultura, que está sabrosa y no engorda.Os proponemos que os acerquéis al Museo del Pardo para conocer a Peter Paul Rubens (1577-1640), uno de los más importantes pintores del arte occidental. En su época fue una auténtica estrella. No había gobernante, noble, rico comerciante o preboste eclesiástico que no quisiera tener una obra del pintor, lo que explica que se conserven alrededor de mil quinientas obras suyas, cifra del todo exorbitante para un pintor de la época. Pero Rubens, que era también un hombre de negocios, montó en Amberes (en la actual Bélgica) un taller y contrató a pintores con talento: Jacob Jordaens, Cornelis de Vos, Snyders, Jan Brueghel, Gaspar de Crayer, van Dyck… Cada uno de ellos se especializó en un aspecto: paisaje, flores, figuras, bodegones… Cuando recibía un encargo, Rubens hacía el diseño general y la obra iba pasando por los diferentes especialistas que hacían su parte. El maestro se reservaba las partes consideradas más importantes: el rostro y las manos, y daba los últimos retoques. La participación de Rubens era mayor o menor dependiendo de la importancia del cliente.

En los cuadros que se conservan en el Prado hay mucho de la mano de Rubens porque gran parte de ellos fueron encargos de Felipe III. Son noventa obras, demasiadas para estar todas expuestas, por lo que muchas de ellas están en los almacenes del museo. Es una magnífica oportunidad para verlas todas juntas.
Rubens fue, además, un hombre culto, gran conocedor de la historia, la literatura y la mitología clásicas (y eso que no le dio clases Mª Jesús); así que retamos a los alumnos de Cultura Clásica, Latín y Griego a que jueguen a averiguar los temas de muchas de las obras. También conocía en profundidad la historia sagrada.
lunes, 16 de agosto de 2010
EL PARTIDO DE LA MUERTE / II
LA ÚLTIMA PARADA DEL PORTERO TRUSEVICH (segunda parte)

El 6 de agosto fue la fecha establecida. El estadio parecía una plaza, un circo infinito dividido en dos únicos colores. De una parte, en las mejores tribunas, destacaba el verde de los uniformes nazis. El resto era la masa oscura de los ucranianos y de su esperanza, del hambre, de la miseria más negra que en aquel momento vivía una fiesta.
El Dynamo salió entre tímidos aplausos, con Trusevich a la cabeza, y se alineó en el centro del campo. Una algarabía acogió a los otros, el gran Flakelf, el tremendo equipo. Se inició el juego y, según el guión, los alemanes corrieron, se echaron adelante, cercaron al Start como si fuera un asalto.
Desde su pequeña área, delante de la línea que señalaba el límite entre la vida y la muerte, Nikolai Trusevich asistía a la lucha. Veía llegar a los adversarios corriendo, controlaba con la mirada las grandes trayectorias que realizaba la pelota lanzada con fuerza de una parte y de la otra del campo de juego. Esta vez es una masacre, pensó mientras devolvía el balón, no podemos resistir un asedio continuo.
Ellos eran débiles, prisioneros del hambre, del trabajo forzado, de la gran tensión; mientras que los otros corrían con el ansia de los lobos. No pasó mucho tiempo, unos diez minutos, y un cabezazo del delantero centro nazi llegó como un cohete hacia su portería. Nikolai se lanzó casi volando: lentamente, como petrificado, su br
azo se levantaba, su mano pesaba más de una tonelada. Por los gritos alemanes comprendió que la pelota había entrado.Goncharenko pasó por su lado y se agachó para recoger la pelota. No hubo necesidad de palabras. Sólo una mirada, un gesto amargo. Sólo un gran dolor. Después, con el balón en la mano, Makar se dirigió hacia el centro del campo para continuar el juego, pero con paso lento, sin descomponerse. Sentado en la base del palo, Trusevich vio esa caminata tranquila como si estuviese curioseando en un sueño: los otros jugadores, el árbitro, todo el estadio, todos se habían parado para mirar a aquel hombre que caminaba solo, lentamente, sobre el terreno de juego, con el balón en las manos, con la mirada serena de quien no se siente derrotado. Fue entonces cuando de la parte ucraniana sonó el primer tímido aplauso, seguido de otros y otros más hasta convertirse en un clamor.
Cuando continuó el juego, Trusevich comprendió que no se rendirían. El empate llegó, en efecto, poco después, y antes del final del primer tiempo Goncharenko escapó hacia la línea de fondo y colocó la pelota en el centro del campo. La esfera superó a los defensas y rodó hacia Balakhin. El ucraniano alzó los ojos hacia la portería, cruzó la mirada triste con el portero alemán, vio el enorme espacio que tenía delante y, en el silencio en el que le pareció que se había sumido el estadio, comprendió en un instante qué era la muerte. Ni siquiera tuvo tiempo de calcular y, en el fondo, frente a la portería un jugador no puede especular. Puede solamente tirar, y Balakhin tiró, golpeó aquel balón y lo colocó en medio de la red. Se pusieron delante en el marcador. No es un caso de heroísmo, no es ni siquiera valentía, pensó mientras se abrazaba con los compañeros. Queríais jugar, y yo he jugado.
Mientras tanto, en las gradas, los ucranianos habían recobrado el aliento, se notaba la alegría entre las protestas alemanas, los aullidos y los insultos vertidos sobre el campo. Alguno se puso nervioso en la tribuna, cogió incluso el fusil y comenzó a amenazar. El árbitro hizo la señal de que por el momento había suficiente.
En el descanso, el comandante Fischer, de la Gestapo, bajó a al vestuario de los ucranianos para soltarles un discurso. «Bravo, de verdad, enhorabuena», dijo con una sonrisa forzada, «queríais demostrar que sabéis jugar y lo habéis conseguido. Pero quizás sois duros de mollera, quizás no habéis comprendido. Ahora viene el segundo tiempo, cuarenta y cinco minutos para recuperarse. Procurad ir despacio. No es un consejo, es una orden», y lo dijo con su Luger en la mano.
En el segunda parte la pelota rodó como sus vidas, en un sentido que a menudo es el equivocado. El árbitro intentó favorecer por todos los medios la remonta, fue severo con los ucranianos y tolerante con los otros, pero el Start marcó igualmente dos goles, mientras que el Flakelf uno solamente. Con el 3 a 2, al público local le costaba trabajo reprimir la alegría, mientras que los nazis se desfogaban en una nube de rabia negra. La situación se convirtió en paradójica: por una parte vítores a media voz, una alegría enorme, pero contenida; por otra un bramido de gritos bestiales, palabras de ira, amenazantes disparos. En medio, el Start que danzaba, bordando un juego veloz con un arte feliz. Al cuarto gol, después de casi media hora, el árbitro pensó en el bochorno, quizá tuvo miedo de no haber sido lo bastante parcial, quizá pensó también en su suerte, y decidió que el partido ya había durado bastante.
El Start salió lentamente. Entre pocos aplausos valientes se retiró al vestuario. Ninguno hablaba, ninguno dijo ya nada. En una atmósfera irreal once hombres pasaron con la cabeza baja entre la gente que los aclamaba con los ojos y los que les escupían insultos. En los bancos de madera, entre las camisetas sudadas, Sukharev entonó un pequeño canto. Josif Kordik, mientras tanto, se encendió un cigarro mientras pensaba que ya se había cumplido todo. Cuando el General en Jefe Eberhardt lo llamó se sintió condenado.
El nazi tenía un gesto oscuro y con desprecio se dirigió a él: «Hoy os ha ido bien. Habéis tenido suerte. El Flakelf estaba cansado. Pienso también que no habéis comprendido que no estoy bromeando para nada. Ha sido, por supuesto, un azar y, por lo tanto, esta vez no cuenta. El partido se repetirá y, para que aprendáis, estáis todos arrestados. El 15 tendréis que jugar otra vez». Frente al nazi aullante, las lágrimas inundaron la cara de Kordik, y a las palabras del oficial llenas de un gran desprecio, el panadero objetó: «No es miedo, General, es por mis jugadores, es por el precio que tendrán que pagar: podéis repetir este partido mil veces más y ganaremos. Esto pasará si continuáis jugando. No os queda más solución que disparar».
Kordik mantuvo su palabra y también la mantuvo el oficial. Se les prohibió a todos mencionar la primera derrota. Ningún periódico, ninguna emisora de radio recogió la noticia de que once perros prisioneros se habían burlado de los amos. Eran once campeones y vencieron también el segundo partido. Makar Goncharenko lloró cuando marcó el gol. Esta vez la Gestapo llegó al vestuario apenas terminado el encuentro. Fueron golpeados, les dieron patadas como si fueran balones, algunos fueron arrestados y enviados al campo de concentración de Baby Yar.
Nikolai Trusevich fue arrastrado en medio de la calle, todavía con la camiseta puesta, y asesinado con un tiro en la nuca por un oficial. El hombre había sido un charcutero bávaro, gordo y jovial. En casa tenía a una anciana madre y a un hermano todavía más anciano que se había hecho cargo del negocio. Era un espíritu práctico. Trabajar y ahorrar. Siempre había puesto cuidado en aprovechar bien las cosas. Frente a aquel portero, todavía vestido de futbolista, pensó que un solo disparo podría bastar: para matar a un hombre un disparo es más que suficiente. Basta con disparar directamente en la cabeza, sin desperdiciar nada, incluso se puede añadir el desprecio y la excusa de una explicación. Por eso se puso al lado de Trusevich y le dijo al campeón: «Ahora para también este disparo, a ver si lo consigues». Era un espíritu práctico y le faltaba imaginación. Por eso nunca supo que mientras el proyectil salía de la pistola, por su derecha Trusevich lo vio llegar, veloz y derecho, y se lanzó para pararlo.
Esta narración está basada en hechos reales. El Start de Kiev fue un equipo singular, compuesto por jugadores de las dos mayores formaciones de Kiev, durante la ocupación nazi de 1942. Goncharenko, Sviridovskij, Korotkikh, Klimenko, Tyutchev, Putistin y Kuzmenko provenían del Dynamo; Balakin, Sukharev y Melnik del Lokomotiv. Su historia ha asumido con el tiempo el carácter de una leyenda conocida como “el partido de la muerte”; leyenda que tiene, por otro lado, un fundamento histórico: algunos futbolistas fueron asesinados, otros murieron en campos de concentración. El único que sobrevivió durante mucho tiempo fue Makar Goncharenko, fallecido en 2004, abanderado y testigo de aquella increíble formación. Su historia, con libres interpretaciones, ha inspirado a escritores y a directores de cine, entre ellos al húngaro Zoltan Fabri (Dos tiempos en el Infierno) y a John Huston (Evasión o victoria). En 2001 se publicó el libro Fútbol y guerra del periodista escocés Andy Dougan, quien, tras una larga investigación, relata la historia de esta formación de guerra. También el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano narra la historia en su libro Fútbol a sol y a sombra (1995).
El partido de revancha se realizó el 15 de agosto de 1942, según algunos, el 16 según otros. Por eso le hemos dedicado las dos fechas, que nos venían muy bien, además, para dividir en dos el cuento, demasiado largo para una sola entrada. Esperamos que os haya gustado. Está incluido en el libro L'angelo di Coppi de Ugo Riccarelli (Ed. Mondadori) y no está traducido.
Monumento a los jugadores del Start frente al estadio del Dynamo de Kiev domingo, 15 de agosto de 2010
EL PARTIDO DE LA MUERTE / I

El 12 de abril de 1942, Nikolai Trusevich, desde el patio de la gran panadería de la calle Degtyarevskaya, miró el cielo de Kiev: estaba untado de un blanco tan claro que parecía una extensión de nata montada. Nevará pronto, pensó, y se apoyó contra el muro, intentando que resbalara fuera de su cuerpo el cansancio de un trabajo demasiado duro.
Volvió la mirada hacia las nubes, después cerró los párpados y se dejó acariciar por el viento helado. Sólo entonces se dio cuenta de que a media voz estaba tarareando una retahíla blasfema sobre las notas de la vieja nana con la que la señora Berberova lo dormía durante su infancia:
«Señor del mundo, señor del cielo, mándanos pronto la nieve, pero no un velo, mándanos un monte de nieve, mándanos un mar, haz que nadie pueda ya disparar, manda la nieve sobre Rusia, Egipto y Francia, manda tanta como el avión que lanza las bombas de muerte sobre nuestras casas, haz que su blancura cubra toda la tierra, que acalle los sonidos, que acalle la guerra, déjanos vivir cubiertos y frescos, distantes y lejanos de estos alemanes…».
Quería dormirse y despertarse cubierto de blanco, apretó todavía más fuerte los párpados y apoyó la cabeza en la pared de cemento, y continuó repitiendo las estrofas de aquella extraña letanía. Fue por eso por lo que no se dio cuenta enseguida de que Josif Kordik estaba a su lado y cuando oyó su voz sintió un sobresalto de sorpresa y también una ligera vergüenza, seguro que él había escuchado las palabras que se había puesto a canturrear.
«De nada sirve rezar, Nikolai» dijo Kordik, «los alemanes no se irán por cuatro copos de nieve. Incluso nos la harán quitar con las palas…».
Desde hacía muchos meses Ucrania había sido invadida por los nazis que habían tomado posesión de Kiev y la gobernaban como conquistadores. La vida normal se había parado y, como prisioneros, la primera ocupación de todos se había convertido en la supervivencia, pasar el día esperando encontrar una forma de llegar a la noche, aprendiendo a actuar sin la vida, que parecía que se hubiera alejado. También Trusevich se había tenido que adaptar. Él, el gran portero, uno de los símbolos del Dynamo de Kiev, había encontrado trabajo en la panadería, junto a muchos otros de sus compañeros futbolistas.
«Al menos nosotros no sentimos demasiada hambre» decía a quien se indignaba por una ocupación tan impropia de los gloriosos deportistas. La cabeza baja, la boca apretada, formulaba esa excusa con la vergüenza de quien sabía que otra gente era todavía más maltratada.
Aquella noche, apoyado en la pared, a la espera de la nieve, quizá por la melancólica retahíla que su amigo acababa de recitar, o quizá por el afecto de dos personas que se apreciaban mutuamente, a Josif Kordik le vino una idea de repente y se la explicó al campeón, en voz alta, casi como si fuera un canto que contrastaba con su oración triste.
«Nikolai, aquí dentro tenemos material suficiente para no abandonarnos a una vida de prisioneros y esclavos», dijo con seguridad el panadero. «No me refiero a la harina, no me refiero al pan. Me refiero a los mejores futbolistas que jamás tuvo Ucrania. Aparte de ti, están Goncharenko, Sviridovskij, Korotkikh, Klimenko, Tyutchev, Putistin y Kuzmendo, del Dynamo; Balakin, Sukharev y Melnik del Lokomotiv. En suma, piénsalo bien. Hay un equipo completo y de los mejores. Digámoselo a los otros y volvamos a jugar. Salimos fuera de esta fábrica, desafiamos a alguien. ¡Dando patadas al balón volveremos a encontrar la vida, demostraremos a la gente de Kiev que todavía no está acabada!»
Así fue como nació el Start, un equipo extraño, fusión de las dos mayores formaciones de la ciudad, en tiempo de guerra. Once futbolistas prisioneros, once verdaderas estrellas, entrenados por un improbable manager: un panadero.
El campo de entrenamiento fue el patio de la gran panadería, la de la calle Degtyarevskaya, después de turnos mortales de cansancio, bajo la mirada de los soldados alemanes. Por la noche, porque el día se ocupaba en el trabajo: limpiaban el lugar de nieve, hacían los montones que señalaban las porterías. Estaban cansados y débiles por el trabajo y por su suerte, pero el juego volvió pronto a sus piernas, y hasta los alemanes a veces mostraban signos de complacencia, y un poco de admiración.
El fútbol es una magia extraña, un lenguaje universal, es una fiesta para el cuerpo y para la mente. También en la guerra. Incluso un soldado enemigo consigue apreciar la simetría perfecta de una jugada bien compuesta. El jefe de la vigilancia alemana, un tal Krueger, un día llamó a Kordik a su despacho, cercano a la entrada. Sentado tras la mesa, sin dar la impresión de conceder ninguna confianza al prisionero, mirando hacia un punto indefinido, en la pared, le dijo al panadero que estaba firmes ante él:
«Vuestro país es triste, los días en este rincón del mundo son todos grises y sombríos, incluso cuando el verano está ya aquí. Nuestra gloriosa tropa necesita distraerse y el Mando local está buscando contrincantes para el equipo de los camioneros. He visto que habéis organizado un equipillo de fútbol. Me parecéis bastante buenos. Por lo tanto, jugaréis contra nosotros. El encuentro se ha fijado para mañana».
El 12 de julio de 1942, el Start hizo así su debut. Fue un comienzo modesto, en un pequeño campo detrás de la estación, con casi exclusivamente alemanes en las tribunas y once rudos camioneros que daban patadas al balón. Antes de entrar en el campo, Nikolai Trusevich miró al cielo. La acostumbrada pizarra gris de nubes era un velo que cubría Kiev y a su gente, incluso hasta dentro del barracón en el que se estaba desnudando. Pero bastó estar preparado, la camiseta y los pantalones de deporte, y comprendió que nada podría parar su deseo de estar vivo. Una ojeada a los compañeros, ninguna palabra, y desde el centro del campo el juego del equipo fue una sola vida. Vencieron por 4 a 1, sin esforzarse, a pesar de que los alemanes golpearon duro y de que el árbitro había fingido no ver. El premio por aquella victoria fue solamente una mirada, al día siguiente, mientras Kordik entraba a trabajar: se cruzó con los ojos de Krueger y éste lo miró fijamente durante un instante, después cambió de dirección, bajó la mirada, sin rechistar. Al ucraniano le pareció que había ganado un trofeo, y se sintió un campeón.
Dos días después fue llamado de nuevo al despacho cercano a la entrada y, como si nunca se hubiera jugado ningún otro partido, el alemán ordenó a Kordik que preparase al equipo para un encuentro con el de los ingenieros.
«Es un gran honor para vosotros que sois poco más que perros», dijo. Y añadió seco: «Estad preparados, el partido se jugará mañana».
El 17 de julio el Start afrontó su segundo compromiso, y no sintió el cansancio en un encuentro disputado apenas cinco días después de su primer partido. Ganaron 6 a 0. Hicieron pedazos a los ingenieros que, a pesar de todo, se comportaron lealmente. A la mitad del primer tiempo, Goncharenko, situado a la derecha, enganchó al vuelo la pelota y con un tiro que pasó sobre el jugador que lo marcaba, colocó la pelota en el centro del área para que su compañero metiera un gol. Y mientras éste lo abrazaba y a su alrededor los aplausos de sus compañeros subían al cielo, vio a su adversario que venía a su encuentro lentamente, en silencio, mirándolo con admiración, con la boca abierta como si quisiera hablarle. Makar olvidó al enemigo, vio a un hombre con bigote y lanzó una sonrisa hacia su adversario, pero éste se quedó inmóvil un instante, después se dio la vuelta. Al terminar el encuentro, ningún alemán les dio la mano. Goncharenko aquella noche soñó con el alemán que se paraba a mirarlo con estupor, como se mira a un marciano.
Las primeras victorias del Start hicieron efecto. En aquella ciudad doblegada por el hambre y por la muerte, las victorias de los ucranianos fueron un abrazo, un verdadero gesto de afecto hacia la gente que arrastraba su pena por la vida. Los ucranianos hablaban a menudo sobre el último partido, se sentían más fuertes y más contentos. El gran Dynamo había vuelto, bajo otro nombre, había renacido para dar problemas a los enemigos y esperanza a la gente de Kiev.
El 19 de julio se enfrentaron al MSG Wal, un equipo magiar de primer orden que jugaba un fútbol fino, el fútbol del danubiano, rico en fantasía, velocidad y tensión. Acabó igual, con el triunfo de las estrellas rusas, de los panaderos. Marcaron cinco veces, con gran soltura, y al final del partido, mientras la gente cantaba de alegría, Josif Kordik aceptó jugar una revancha una semana más tarde.
El MSG Wal hizo todo lo posible para no quedar en entredicho, para quedar bien en un encuentro con jugadores de nivel, aunque estuvieran poco entrenados, delgados y cansados por el trabajo forzado. El partido fue difícil y muy disputado. Fue Pavel Komarov quien hizo el jaque mate cuando marcó el tercer gol, después de que el MSG fuera ganando incluso por 2 a 1.
Al partido, sentado en la tribuna, asistió el General en Jefe Eberhardt. En el estadio los ucranianos estaban exultantes por la nueva victoria, gritos de júbilo y caras contentas. Aplaudían a sus jugadores, a Komarov y a Goncharenko que los habían entusiasmado, a Trusevich que había parado como un campeón. El nazi hizo un gesto de asco. «¡Es absolutamente necesario dar una lección a esta subespecie humana!», dijo.
«No creo que esa sea la mejor solución», dijo con una sonrisa forzada. «¿Pensáis de verdad que matando a alguno, que encarcelando a algún otro, se puede reducir la satisfacción que sienten por esas victorias? ¿Si interrumpiéramos las exhibiciones de sus jugadores, incluso si las prohibiésemos, pensáis que olvidarían los éxitos, creéis que no continuarían pensando que son fuertes e invencibles como lo han sido hasta ahora?». El silencio inundó la sala. Todos comprendieron lo que el General en Jefe quería decir. La sensación de ebriedad que regala un gol decisivo no acaba sólo porque no se pueda jugar más. Quedará el gusto de saber, el placer de contar cómo tus campeones doblegaron a todos los contrincantes, el deseo de evocar un gesto, de describir una acción. Y circulando de boca en boca, aumentada por el sentido de lo prohibido, la gesta de un simple partido de fútbol se convertirá en historia popular, épica para transmitir con historias que serán un mito.
«Es necesario encontrar otra salida», dijo Eberhardt a los oficiales, «algo que definitivamente les quite de la cabeza a estos perros la idea de que son los mejores. ¡Tienen que volver a ser nada de nada!». Esta última palabra vibró, como un golpe seco que no admitía condiciones. El nazi la dejó resonar todavía un poco más, mientras que con la espalda recta sopló con una voz diabólica su propia solución.
«Es necesaria una derrota», dijo, «por lo tanto, es necesario seguir jugando. Pero jugar con astucia, enfrentar contra esta formación, que ha demostrado ser muy buena, a nuestro mejor equipo de fútbol, y vencerlos, humillarlos, demostrarles con hechos que no pueden aspirar a ningún tipo de salvación». Entre los oficiales corrió rápidamente un susurro, una palabra que a todos les pareció obvia: Flakelf.
«Llamaremos al Flakelf, el equipo invencible de la Wehrmacht», dijo finalmente Eberhardt haciendo explícito el murmullo común. «Jugaremos el partido en el estadio del Dynamo y los venceremos. Daremos una gran publicidad a este encuentro, obligaremos a los ucranianos a constatar con sus propios ojos nuestra fuerza superior».
Desde el día siguiente, en efecto, los periódicos y la radio anunciaron la llegada del imbatible equipo alemán. En los muros de Kiev aparecieron millares de carteles que exaltaban el gran encuentro de fútbol entre el Flokelf, equipo de las Fuerzas Armadas alemanas, y el Start, formación local.
Josif Kordik reunió a sus hombres en la fábrica de pan. Los rostros estaban tensos y oscuros, en el aire serpenteaba un pésimo humor.
«Amigos míos», comenzó el entrenador, «no os oculto que este asunto huele a muerte. En el sentido de que, lo mire por donde lo mire, no le veo nada bueno. Quiero ser claro. Éstas son nuestras opciones: ser derrotados y, por lo tanto, seguir siendo esclavos, o vencer e ir al encuentro de nuestro final. Por lo que conozco de los nazis, en efecto, no creo que acepten la derrota sin reaccionar. Es una prueba de fuerza, y ellos quieren demostrar que son los más fuertes. Vencer significa morir».
En el espacio angosto del patio, en la oscuridad de la noche, el discurso de Kordik resonó espectral. Una trampa gigante, un juego mortal en el que los había arrojado su propia bravura.
«Yo os pido escusas a todos», continuó Kordik con voz quebrada, «os pido perdón por haber tenido la idea de involucraros a todos en esto, obligándoos así a una elección que en realidad no se puede hacer. Pensaba en la liberación, pensaba en cómo sabéis jugar, pensaba en el balón, y en vez de todo eso os he metido en un juego de locos. En vez de eso, os estoy mandando al matadero».
El grupo de hombres se mantuvo sentado, cada uno escuchó en silencio sus palabras. Sólo Trusevich hizo sonar su voz. Bajo el claro de luna, en aquel hielo feroz de un mañana que parecía perdido, el portero habló:
«Yo no me siento vencido. No es justo pensar que nosotros somos los culpables. Es el que nos oprime quien nos obliga a morir. Yo no elijo, querido Josif, no puedo hacer otra cosa. Soy un portero y solamente puedo parar balones. ¿Alguno de vosotros iría al campo con la intención de fallar el pase?»
No hubo discusión. No hizo falta valor para comprender cómo se comportarían.
Aquella noche, el portero soñó que jugaba un extraño partido en un campo en cuesta. Los balones lanzados por sus propios compañeros volvían a caer hacia atrás, se le abalanzaban y él se mataba por poderlos atrapar. Sin embargo, al final del juego había conseguido parar cada una de las pelotas que le habían llegado. Estaba cansado, extenuado, con la camiseta empapada de un sudor que se parecía a la sangre. Frente a la portería estaba ahora la Muerte, elegante, gentil, vestida de oscuro.
«Tengo que lanzar por última vez», le dijo con calma mientras colocaba el balón. «Me gusta actuar, cómo diría…, con cierto… rigor». Y riendo le dio una patada a la pelota. Nikolai se tiró para intentar pararla. Fue sacudido por una avalancha de golpes, una granizada de impactos de metralla. Se despertó de repente, el aire era casi caliente, la frente sudada, entre las manos apretaba su almohada de paja.
(Continuará mañana)
domingo, 25 de julio de 2010
POR LAS AULAS
Hoy les toca a los carteles que hicieron los alumnos de 2º A para entender y aprender cómo era Madrid y su región durante el Renacimiento y el Barroco.
jueves, 22 de julio de 2010
POR LAS AULAS
Susana Fortes, escritora y articulista, decía en un artículo: "La enseñanza es una profesión de alto riesgo. Aun así, hay personas que consagran su tiempo a realizar una pequeña incisión en el cerebro de estos muchachos para conseguir que hasta lo más extraño pueda caber en el ámbito de lo comprensible, ya sea una ecuación matemática, la función clorofílica o el misterio de las esdrújulas, que son la clase de enigmas frente a los que se arma el espíritu". Una de esas personas es Isabel, profesora de Ciencias Sociales. Con entusiasmo, tesón y rigor se empeña en que nuestros chicos aprendan, y aprenden.
Aquí tenéis los preciosos carteles que han realizado los alumnos de 2º C en la clase de Isabel.
martes, 13 de julio de 2010
EFEMÉRIDES - FRIDA KAHLO
El pasado 6 de julio hubiera sido el cumpleaños de la pintora mexicana Frida Kahlo. Hubiera cumplido 103 años. No era una cifra redonda, pero algunos medios de comunicación la recordaron. Tampoco es una cifra redonda los 56 años que hoy se cumplen de su muerte, pero nosotros lo aprovechamos para hablar un poco de ella.
Frida Kahlo (1907-1954) es, por supuesto, una leyenda; una leyenda que ella misma, ayudada por su marido Diego Rivera, fue creando. La vida fue muy dura con ella, y había que vencerla. Luchó con una inaudita tozudez y creó un personaje que rompió todas las expectativas del destino.
Fue hija de un fotógrafo de origen alemán (Guillermo Kahlo) y de una mexicana (Matilde Calderón). A ella le gustaba decir que su padre era un judío de origen húngaro, aunque parece ser que no era cierto.
Con seis años contrajo la poliomelitis y su pierna derecha quedó deformada. Fue el primer golpe del destino contra su cuerpo frágil. Pero, a pesar de todo, supo ser una niña alegre, traviesa y fue afortunada: en 1922 pudo ingresar en la prestigiosa Escuela Nacional Preparatoria de la Ciudad de México, que por primera vez admitía a chicas como alumnas.
Pero el destino seguía empeñado en herirla. El 17 de septiembre de 1925 (sólo tenía 18 años) iba en un tranvía que sufrió un accidente. Su cuerpo menudo quedo casi destrozado y las lesiones llenarán el resto de su vida de dolor, físico y moral. Sufrió más de treinta operaciones a lo largo de su vida, tuvo que llevar torturantes corsés y someterse a interminables sesiones de estiramientos.
Fue precisamente su postración en la cama la que la llevó a la pintura para hacer más livianas las largas horas. Sólo habrá un tema en su pintura, obsesivo: Frida y su dolor. Y era un dolor real. Sólo podía pintar estirada en su cama o en el baño que aliviaba sus dolencias.
Pero esa mujer pequeña tenía una gran voluntad y una inmensa energía vital. Consiguió volver a andar. Su periodo de postración fue como la metamorfosis de una oruga: salió de ella convertida en una mariposa-pintora. Se introdujo en los ambientes artísticos de México, donde conoció a Diego Rivera, el gran pintor muralista, el hombre grande, enorme. El elefante se enamoró de la mariposa y se casaron el 21 de agosto de 1929. Fue una relación tormentosa, llena de amor, infidelidades, perdones, odio y, finalmente, la ruptura. Pero fue también la unión de dos artistas, una unión creativa. Diego la vistió con trajes tradicionales mexicanos llenos de colores, con joyas exóticas: creó el icono Frida. Pero Rivera, sobre todo, admiró su pintura, la animó a continuar convirtiendo los lienzos en un espejo en el que se reflejaba una Frida que plantaba cara al destino y al dolor.
En 1938 expone en Nueva York y André Bretón, uno de los padres del Surrealismo, la acoge en el seno del movimiento, aunque ella afirmará más tarde: "Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad". Se suceden las exposiciones en América y en Europa y Frida se convierte en una pintora reconocida. Aparece en la portada de la revista Vogue, tan exótica, con su traje mexicano y su única ceja.
Son años de éxito y de problemas. La relación con Diego es cada vez más difícil. Inicia una relación con León Trotsky, quien huyendo de Stalin se exilia en México y es acogido por Diego y Frida. Pero el 21 de agosto de 1940 muere asesinado (la mano de Stalin podía llegar muy lejos) y Frida es acusada de haber participado en el asesinato. Es encarcelada y puesta en libertad, posteriormente, sin cargos.
Frida ha alcanzado el reconocimiento mundial y es admirada y respetada en su país, pero su cuerpo cada vez tiene menos fuerzas. Sin embargo sigue teniendo una gran fuerza de espíritu. En 1953 se inaugura una exposición suya en México, pero ella está en el hospital y los médicos le prohíben que asista. Se hace trasladar en una ambulancia a la sala de exposiciones, con cama y todo, y allí departe con los invitados, cuenta chistes, canta… Ese mismo año tienen que amputarle una pierna. Es demasiado: se suma en una gran depresión. Escribe poemas, siempre relacionados con el dolor.
El 13 de julio de 1954 falleció. Fue velada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Ya era una leyenda.
Hoy sus obras están en algunos de los principales museos de arte contemporáneo del mundo. La casa donde nació, la Casa Azul, alberga el Museo Frida Kahlo.
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