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jueves, 31 de diciembre de 2009

UN POEMA PARA DESPEDIR EL AÑO

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FINAL DE AÑO

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Herácllito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

Jorge Luis Borges, Fervor de Buenos Aires








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martes, 23 de junio de 2009

NOCHE DE SAN JUAN

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Dentro de un par de horas se hará la noche, y no es una noche cualquiera: es la noche de San Juan, mágica y sugerente donde las haya. En muchos lugares del mundo, desde muy antiguo, se celebra esta noche el solsticio de verano (en el hemisferio norte), aunque en realidad es el día 21. Es la celebración de la llegada de la época del sol, y se hace con fuego, con hogueras purificadoras en las que se queman trastos viejos y todo aquello de lo que queremos deshacernos.



También tenemos poesía para esta noche, ni más ni menos que de Jorge Luis Borges (1899-1986), del que os hablaremos en otra ocasión.

LA NOCHE DE SAN JUAN

El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía;
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas

Jorge Luis Borges
Fervor de Buenos Aires (1923)



Pero, ¿qué haces ahí, colgado del blog? Si ya has leído esto, arréglate, échate a la calle, busca una hoguera y salta sobre ella, salta muchas veces, purifícate. Como los tiempos no están para deshacernos de nada, en vez de trastos viejos te propongo otro sistema para perder lastre: coge un papel y escribe en él –con buena letra—todo aquello que quieras que desaparezca de tu vida, después dobla el papel y échalo a la hoguera. No es seguro que te quites todo lo desagradable de tu vida, pero no cuesta nada intentarlo.



Yo ya tengo el mío preparado y, por si te sirve de inspiración, te lo paso:

Quiero que desaparezca de mi vida la estulticia, la prepotencia, la intransigencia, la fatuidad, la antipatía, la ruindad, la hipocresía, la insolidaridad… Y no pido más porque la avaricia rompe el saco.

Estoy segura de que todo eso desaparecerá de mi vida al menos durante los segundos en los que arda mi papel y mientras salto sobre sus cenizas. Mañana… ¡quién sabe!




Feliz noche de San Juan a todos.

Lola Sevila

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sábado, 14 de marzo de 2009

SEMANA DE LA POESÍA

Me vais a perdonar, pero yo voy a colgar dos poemas (y dad gracias, porque me estoy reprimiendo). El primero es de Borges, y ha llegado hasta mí hace muy poco; el de Alberti, viejo conocido, quiero dedicárselo a los tutores de nuestro instituto, sobre todo a los que tienen los cursos más díscolos, y especialmente a Juan Carlos.

Lola Sevila

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges (1899-1986)


Los ángeles colegiales

Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras
ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.
Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda
y que un eclipse de luna equivoca a las flores
y adelanta el reloj de los pájaros.

Ninguno comprendíamos nada:
ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.
Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.


Rafael Alberti (1902-1999)