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jueves, 8 de noviembre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...


LAS GALLINAS

Había una vez un joven muy pobre que trabajaba en una tienda de regalos. Su jefe era muy malo y le pagaba sólo 5 euros por cada día de trabajo. El muchacho estaba muy cansado de trabajar tanto y de ganar tan poco, pero como no había trabajo, siguió en la tienda. Hasta que un día vio a una abuela que vendía gallinas a 20 euros cada una; entonces tuvo una gran idea: compró una gallina que creció y tuvo pollitos. Algunos los dejó crecer para que se convirtieran en gallinas, y otros los vendió por 10 euros cada uno. Así llegó a tener muchas gallinas.

Ahora, cuando las gallinas ponen huevos también los vende directamente. De esta forma gana mucho dinero cada día, y se ha convertido, poco a poco, en un hombre muy rico.

Kehuan Dai, 3º D


domingo, 4 de noviembre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...

Esta historia nos ha llegado con imagen incluida.



EL MILAGRO DEL LAGO 

 Era un día muy lluvioso como para salir a pescar. Carlos, el pescador, lo sabía, pero debía llevar comida a su familia. Carlos se fue en un pequeño bote a navegar por el lago que quedaba cerca de su casa. El tiempo empeoró y un fuerte rayo iluminó el cielo gris. Fue entonces cuando apareció el pez más grande que Carlos había visto en su vida. Sintió un jalón en su caña, tiró fuerte de ella y pescó un pequeño pez. Decepcionado y cansado regresó con su pequeña captura. Su esposa, al recibirlo, le dijo: 

-¿Has tenido suerte? 
-No –contestó Carlos-, pero al menos nuestro hijo podrá comer. 

Al cocinar el pez, observaron pequeñas piedras en su estómago: se trataba de diamantes puros. Ese día la suerte de Carlos y de su familia cambió para siempre y para mejor. 

 Jaime Quispe, 3º C

sábado, 27 de octubre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...


EL REY VALIENTE Y CRUEL

Había una vez un rey de un país muy lejano, que era muy valiente y el más despiadado del mundo. Nadie había logrado vencerlo jamás. Una vez llegó hasta un lugar terrible, un pueblo habitado por seres extraños, algunos de los cuales tenían un solo ojo en medio de la frente, mientras que otros tenían hasta tres. También poseían varias piernas, lo que los hacía muy veloces. A pesar de todo, el rey consiguió derrotarlos, por lo que esos seres extraños no tuvieron más remedio que ir a refugiarse en unas profundas y tenebrosas cuevas. Hasta allí los siguió el rey, y entró en la cueva con la intención de hacerlos desaparecer. 

Después de una larga búsqueda, los encontró y, cuando estaba a punto de matarlos, la cueva se derrumbó y todos murieron.

Daysi Sandoval, 3º C


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Carlos tenía 7 años y vivía en un pueblo llamado Criscrin. Él solía estar solo, ya que sus padres no tenían mucho dinero y trabajaba todas las mañanas de cabrero. 

Siempre les contaba sus problemas a las cabras, pero tenía una favorita a la que llamaba Manchitas. Un día, por la mañana, le habló y supo sus respuestas.

-Manchitas, Manchitas, hoy le he preguntado a mi padre que por qué no podía ir a la escuela; y me ha dicho que no se acordaba, que se lo preguntara a mi madre, pero no la he visto en toda la mañana.

-Beee, beee, beee -le contestó Manchitas.

Carlos no paraba de darle vueltas al asunto y, cuando llegó a su casa y vio a su madre haciendo la cena, le preguntó:

-Mamá, ¿por qué no puedo ir a la escuela?
-Carlos, se me ha olvidado. Pregúntaselo a tu padre.

Carlos subió enfadado a su habitación y esperó a que su madre lo llamara para cenar, mientras seguía dándole vueltas a sus cosas. Cuando su madre lo llamó, bajó y se encontró a sus padres allí, esperándolo. Se sentó y les preguntó a los dos a la vez:

-Mamá, papá, ¿por qué no puedo ir a la escuela?

Ambos se miraron y el padre contestó por los dos:

-Carlos, hijo, la verdad es que no vas porque creemos que es mejor que cuides de las cabras. Además, tú ya sabes leer y escribir.

Se callaron los dos y miraron a sus respectivos platos. Carlos, sin saber qué hacer, terminó rápidamente su cena y se retiró.

Al día siguiente, el muchacho volvió a hablar con Manchitas.

-Manchitas, la verdad es que no entiendo a mis padres. Ya sé por qué me dicen eso de que cuando sea mayor comeré huevos...

Carolina Zarco, 3º D


martes, 23 de octubre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...

Hoy va de manzanas (y de peras)

EL HAMBRE AGUDIZA EL INGENIO

Había una vez un niño llamado David que vivía en una ciudad muy grande. Tenía una hermana muy pequeña a su cargo debido a que eran huérfanos. Un día les entró mucha hambre, y su hermana se puso a llorar. David se preocupó tanto que decidió ir al mercado a pesar de que no tenía dinero. Iba pensando cómo podía conseguir comida sin pagarla y tuvo una idea. Fue a un puesto de frutas donde había mucha gente comprando y, sin que nadie se diera cuenta, cogió una de las manzanas de la base de un montón que estaba ordenado en forma de pirámide. Entonces se cayeron todas al suelo.

El dueño del puesto lo acusó de haber provocado la caída de las manzanas, pero el chico lo negó. El comerciante se puso a recogerlas y David le ayudó. Entonces, el señor le regaló varios kilos de manzanas. De esta manera, David y su hermana pudieron comer y se pusieron muy contentos.

Miguel Ángel Rocha, 3º C




LAS 15 MANZANAS

Jack era un chico que con 16 años se tuvo que poner a trabajar. Trabajaba para el señor Salgari. Un día, el jefe mandó al chico a comprar 15 manzanas, que era la fruta que más le gustaba. Fue a comprarlas y, al volver, entró en la cocina y dejó las manzanas que había comprado sobre la mesa. Al cabo de un rato, entró Erika, una de las empleadas de la casa, se acercó a la mesa y le dijo:

-¡Esas manzanas se ven muy ricas!

Jack, sin pensárselo dos veces, cogió dos manzanas y se las dio. Cuando llegó la hora de llevar la comida y las frutas a la mesa, el señor Salgari se dio cuenta de que faltaban dos manzanas. Él ya las había contado antes de que entrara Erika en la cocina.

-Jack... -dijo el señor Salgari.
-Sí, señor.
-Aquí hay solo trece manzanas, y yo conté quince. ¿Dónde están las  otras dos que faltan?
-Solo había trece, señor.
- ¡Imposible! -dijo,enfadado, el jefe.

Jack, muerto de miedo, bajó la cabeza y no dijo nada. Cuando Salgari le pretuntó a Erika, que era la única que estaba allí en ese momento, que si ella también había visto trece manzanas, la muchacha miró a Jack y respondió:

-Sí, señor, solo había trece manzanas y dos peras.
-¿Has dicho dos peras? -dijo, extrañado Salgari- Entonces seguro que conté esas dos peras pensando que eran manzanas. Podéis retiraros.

Jack suspiró y fue hacia la cocina, donde le dio las gracias a Erika.

El chico se salvó de un castigo, Erika se quedó con las dos manzanas y el señor Salgari se quedó convencido de que las manzanas que faltaban eran en realidad peras.

Alexandra Costache, 3º C

viernes, 19 de octubre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...



JAQUE MATE DEL PASTOR

Érase una vez un rey muy rico que un día decidió retar a una persona del reino para que jugara una partida al ajedrez con él, porque estaba seguro de que nadie sería capaz de ganarle, ya que era el mejor jugador de todo el reino. Nadie quería jugar con él. Pero un día apareció un pastor que se atrevió a aceptar el reto. Comenzaron la partida y ganó el pastor. Entonces el rey le dijo:

-Puedes pedirme lo que quieras, ya que me has ganado. Puedes pedirme tierras, caballos, comida, oro... Lo que quieras.

-Quiero arroz -contestó el pastor-, pero me va a multiplicar los granos de arroz en cada cuadrado del ajedrez. En el primero, un grano; en el segundo, dos; en el tercero, cuatro...; así hasta llenar los sesenta y cuatro.

-Por supuesto que lo haré -dijo el rey.

Lo que no sabía es que iba a dar al pastor una cantidad desorbitada de granos de arroz. De esta forma, el pastor consiguió arruinas al rey.

Vanesa Hinojosa, 3º C


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EL REY Y EL VECINO DE JUAN


Érase una vez un noble caballero llamado Juan que trabajaba para un rey que no es que fuese muy bueno que digamos. Juan vivía en su propia casa, pero por las mañanas, muy pronto, tenía que estar en la mansión del rey para prepararle el desayuno, ordenar los muebles correctamente y hacerle la compra.

                Juan tenía un vecino muy amable que un día le contó que no tenía dinero para pagar el alquiler, y que no tenía dónde ir. Entonces Juan le dijo:
                -No te preocupes. Intentaré solucionar tu problema. Mañana iré a contarle a su majestad tu situación.
                Al día siguiente, Juan le explicó la situación de su vecino al rey, y éste le dijo que si quería vivir en esa casa, tendría que pagar o irse a vivir a la calle.
-Majestad, se lo suplico, dejadle vivir en su casa –le respondió Juan.
-¡Si quiere vivir en su casa, que pague el alquiler! –insistió el rey.
-O le dejáis vivir en su casa o yo no volveré a trabajar con vos –le dijo Juan airado.
-Tú no me haces falta, así que vete y no vuelvas.

                Pasaron varios días, y Juan, que tenía en su casa a su vecino, tuvo que ir al supermercado para hacer la compra. Una vez dentro, se dirigió a la sección de lácteos, y allí vio al rey mirando a un lado y a otro, sin saber qué tenía que comprar; porque normalmente era él quien le hacía la compra. Juan intentó alejarse poco a poco sin ser visto, pero el rey percibió sus movimientos y, cuando se dio cuenta de que era Juan, se fue corriendo detrás de él y le dijo:
-Por favor, Juan, te lo suplico, vuelve a trabajar para mí. No sabes lo que sufro sin ti.
-Si vos no podéis vivir sin mí –le respondió Juan-, pues imaginad cómo puede vivir mi vecino sin su casa. Tenéis que dejarle vivir en su casa y, además, darle un poco de dinero para que pueda comprar sus propios alimentos.
El rey lo comprendió y se dio cuenta de que, aunque tenía mucho dinero, sin Juan se veía como atado de pies y manos; así que le dijo:
-Está bien, desde hoy se hará lo que tú buenamente quieras.
Y así fue.


Imad Mohouti, 3º C

domingo, 14 de octubre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...




LA ASTUCIA PERDONADA

Había una vea un chico llamado Manuel al que le gustaba apostar dinero con sus amigos, aunque era de una familia muy pobre que no tenía suficientes recursos para vivir.

Un día su madre le mandó a comprar patatas, pero antes de que se fuera le advirtió de que no gastara el poco dinero que tenía apostando. Manuel salió a comprar, pero en el camino se encontró con sus amigos y decidió apostar. Él pensaba que así podría conseguir más dinero, pero no fue así y lo perdió todo. Entonces pensó en cómo conseguir las patatas para que su madre no se enfadara. Por el camino fue recogiendo papeles, luego fue a casa de uno de sus amigos, cogió pintura e hizo bolas de papel con pequeñas piedras dentro, las pintó del color de las patatas, las metió dentro de una bolsa y se las llevó a su madre. 

Al entrar en casa, su madre estaba ocupada, y él dejó las patatas en la puerta y le dijo que se iba a jugar. Al volver, estaba asustado, pero se madre al verlo lo miró molesta, pero a la vez sonriente por la astucia de su hijo. Lo perdonó, pero le hizo prometer que no usaría su astucia para cosas mejores.

Dalia Quispe, 3º C


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LA RIFA DEL BURRO

Rubén era un adolescente que tenía dieciséis años y vivía con su familia en una granja. Sus padres trabajaban día y noche en el campo sembrando y recolectando. Lo que obtenían lo vendían en el pueblo. Pero una mañana, su padre no pudo levantarse de la cama porque tenía mucha fiebre. Llamaron al médico y este dijo que esta malo y le recetó varias medicinas para salvarle, pero no tenían dinero para comprarlas. 

Rubén estuvo toda la noche sin dormir pensando en cómo conseguir dinero. Por la mañana ya tenía la solución: haría una rifa en el pueblo, rifaría su burro, aunque él no tuviera ningún burro. Hizo cien papeletas a 3 euros cada una, se acercó al pueblo y, en menos de dos horas, las vendió todas. A los tres días, rifó el burro y le tocó al barrendero del pueblo, pero Rubén le dijo que había surgido un problema: la noche anterior el burro se había muerto. El barrendero se enfadó y le dijo que le devolviera el dinero de la papeleta. Rubén se lo devolvió, y así es como consiguió 297 euros, que era lo que costaban las medicinas, y salvó a su padre.

Juan Ángel Martín, 3º C

martes, 9 de octubre de 2012

CUENTOS, CUENTOS, CUENTOS...


LAS VELAS

Hubo una vez un padre que tenía tres hijos: dos varones y una chica que era la pequeña. El padre, que se llamaba Federico, estaba preocupado porque no sabía a quién dejarle la casa y las tierras en herencia; así que reunió a sus hijos y les dijo que tenían que llenar con algo, lo que fuera, dos habitaciones de la casa.

A la mañana siguiente era el turno del mayor, quien, al acabar el día, había llenado una habitación entera más la mitad de la otra con chatarras y trastos viejos.

Llegó la mañana siguiente y fue el turno del hijo mediano, y éste, al acabar el día, había llenado una habitación entera más tres cuartas partes de la otra con heno.

El tercer día le tocó a la pequeña, y el padre vio que la muchacha no hacía nada en todo el día, así que fue a preguntarle. La hija le pidió que la acompañara en la noche para verlo. Se hizo la noche, la chicha cogió dos velas y dos cerillas. El padre la acompañó y pudo observar cómo su hija colocaba una vela en cada habitación y las encendía. De repente, se dio cuenta de cómo su hija había llenado las dos habitaciones con lo más fácil del mundo: con la luz. Así pues, el padre ya tuvo claro con quién se quedaría la casa y los terrenos.

Maurico Javier Zambrano, 3º C