lunes, 14 de mayo de 2012

LA BELLEZA DE LO EFÍMERO


Vivimos.
Simplemente. 
Yo y la amapola.


Kobayashi Issa (1763-1827)


Los japoneses gustan de contemplar la belleza efímera, y no les falta razón: lo bello que va a perderse, que se contempla con unos ojos que saben que acarician lo que quizá deje de ser tras un parpadeo, mezcla el placer que produce la contemplación de la belleza con la melancolía que ya se siente por su inminente pérdida. Ellos llaman a esa sensación mono no aware. Por eso aman sobre todas las flores del cerezo y del almendro, y las amapolas con las que adornan sus jardines urbanos en primavera.


El haiku participa también de esa conjunción de belleza y brevedad. Ya sabéis (en algún momento lo explicamos ya en este blog) que los haikus son breves poemas de tradición japonesa en los que el poeta expresa en dos o tres versos, el asombro o el sentimiento que le produce -normalmente- un elemento o fenómeno de la naturaleza. Parece que su origen se remonta a breves canciones que ya se cantaban en el siglo VIII y que fueron evolucionando. Pero su difusión se realiza en el siglo XVII, cuando el monje budista Matsuo Batso los comenzó a usar también como vehículo de expresión de la filosofía zen. 


En Occidente empezaron a conocerse a finales del siglo XIX y en el XX deslumbraron a muchos poetas que aceptaron encantados su influencia (entre ellos, el mismísimo Antonio Machado). Hoy se siguen haciendo en Oriente y Occidente. Como muestra, aquí tenéis un enlace en el que podréis encontrar mucha y muy buena información, además de una completísima antología: EL RINCÓN DEL HAIKU.


(En la fotografía, un parque de Tokio en el que han florecido centenares de amapolas de la variedad Papaver nudicaule. El autor de la fotografía es Toru Yamanaka)