viernes, 15 de julio de 2011

ANA MARÍA MATUTE - Los chichos


Ana María Matute recibió el Premio Cervantes hace unos meses. No dijimos nada en este blog porque no tuvimos tiempo, pero nos quedó pendiente un pequeño homenaje, el mejor que puede recibir un escritor: leerlo. Así que aquí tenéis uno de sus magníficos cuentos.





LOS CHICOS

Eran cinco o seis, pero así, en grupo, viniendo carretera adelante, se nos antojaban quince o veinte. Llegaban casi siempre a las horas achicharradas de la siesta, cuando el sol caía de plano contra el polvo y la grava desportillada de la carretera vieja, por donde ya no circulaban camiones ni carros, ni vehículo alguno. Llegaban entre una nube de polvo que levantaban sus pies, como las pezuñas de los caballos. Los veíamos llegar y el corazón nos latía de prisa. Alguien, en voz baja, decía: «¡Que vienen los chicos...!» Por lo general, nos escondíamos para tirarles piedras, o huíamos.
Porque nosotros temíamos a los chicos como al diablo. En realidad, eran una de las mil formas de diablo, a nuestro entender. Los chicos, harapientos, malvados, con los ojos oscuros y brillantes como cabezas de alfiler negro. Los chicos, descalzos y callosos, que tiraban piedras de largo alcance, con gran puntería, de golpe más seco y duro que las nuestras. Los que hablaban un idioma entrecortado, desconocido, de palabras como pequeños latigazos, de risas como salpicaduras de barro. En casa nos tenían prohibido terminantemente entablar relación alguna con esos chicos. En realidad, nos tenían prohibido salir del prado bajo ningún pretexto. (Aunque nada había tan tentador, a nuestros ojos, como saltar el muro de piedras y bajar al río, que, al otro lado, huía verde y oro, entre los juncos y los chopos.) Más allá, pasaba la carretera vieja, por donde llegaban casi siempre aquellos chicos distintos, prohibidos.
Los chicos vivían en los alrededores del Destacamento Penal. Eran los hijos de los presos del Campo, que redimían sus penas en la obra del pantano. Entre sus madres y ellos habían construido una extraña aldea de chabolas y cuevas, adosadas a las rocas, porque no se podían pagar el alojamiento en la aldea, donde, por otra parte, tampoco eran deseados. «Gentuza, ladrones, asesinos...» decían las gentes del lugar. Nadie les hubiera alquilado una habitación. Y tenían que estar allí. Aquellas mujeres y aquellos niños seguían a sus presos, porque de esta manera vivían del jornal que, por su trabajo, ganaban los penados.

El hijo mayor del administrador era un muchacho de unos trece años, alto y robusto, que estudiaba el bachillerato en la ciudad. Aquel verano vino a casa de vacaciones, y desde el primer día capitaneó nuestros juegos. Se llamaba Efrén y tenía unos puños rojizos, pesados como mazas, que imponían un gran respeto. Como era mucho mayor que nosotros, audaz y fanfarrón, le seguíamos adonde él quisiera.

El primer día que aparecieron los chicos de las chabolas, en tropel, con su nube de polvo, Efrén se sorprendió de que echáramos a correr y saltáramos el muro en busca de refugio.
-Sois cobardes -nos dijo-. ¡Esos son pequeños!
No hubo forma de convencerle de que eran otra cosa, de que eran algo así como el espíritu del mal.
-Bobadas -nos dijo. Y sonrió de una manera torcida y particular, que nos llenó de admiración.
Al día siguiente, cuando la hora de la siesta, Efrén se escondió entre los juncos del río. Nosotros esperábamos, detrás del muro, con el corazón en la garganta. Algo había en el aire que nos llenaba de pavor. (Recuerdo que yo mordía la cadenita de la medalla y que sentía en el paladar un gusto de metal raramente frío. Y se oía el canto crujiente de la cigarra entre la hierba del prado). Echados en el suelo, el corazón nos golpeaba contra la tierra.

Al llegar, los chicos escudriñaron hacia el río, por ver si estábamos buscando ranas como solíamos. Y para provocarnos, empezaron a silbar y a reír de aquella forma de siempre, opaca y humillante. Era su juego: llamarnos sabiendo que no apareceríamos. Nosotros seguíamos ocultos y en silencio. Al fin, los chicos abandonaron su idea y volvieron al camino, trepando terraplén arriba. Nosotros estábamos anhelantes y sorprendidos, pues no sabíamos lo que Efrén quería hacer.
Mi hermano mayor se incorporó a mirar por entre las piedras y nosotros le imitamos. Vimos entonces a Efrén deslizarse entre los juncos como una gran culebra. Con sigilo trepó hacia el terraplén, por donde subía el último de los chicos, y se le echó encima.
Con la sorpresa, el chico se dejó atrapar. Los otros ya habían llegado a la carretera y cogieron piedras, gritando. Yo sentí un gran temblor en las rodillas, y mordí con fuerza la medalla. Pero Efrén no se dejó intimidar. Era mucho mayor y más fuerte que aquel diablillo negruzco que retenía entre sus brazos, y echó a correr arrastrando a su prisionero al refugio, donde le aguardábamos. Las piedras caían a su alrededor y en el río, salpicando de agua aquella hora abrasada. Pero Efrén saltó ágilmente sobre las pasaderas y, arrastrando al chico, que se revolvía furiosamente, abrió la empalizada y entró con él en el prado. Al verlo perdido, los chicos de la carretera dieron media vuelta y echaron a correr, como gazapos, hacia sus chabolas.

Sólo de pensar que Efrén traía a una de aquellas furias, estoy segura de que mis hermanos sintieron el mismo pavor que yo. Nos arrimamos al muro, con la espalda pegada a él, y un gran frío nos subía por la garganta.

Efrén arrastró al chico unos metros, delante de nosotros. El chico se revolvía desesperado e intentaba morderle las piernas, pero Efrén levantó su puño enorme y rojizo y empezó a golpearle la cara, la cabeza, la espalda. Una y otra vez, el puño de Efrén caía, con un ruido opaco. El sol, brillaba de un modo espeso y grande sobre la hierba y la tierra. Había un gran silencio. Sólo oíamos el jadeo del chico, los golpes de Efrén y el fragor del río, dulce y fresco, indiferente, a nuestras espaldas. El canto de las cigarras parecía haberse detenido. Como todas las voces.

Efrén estuvo un rato golpeando al chico con su gran puño. El chico, poco a poco, fue cediendo. Al fin, cayó al suelo de rodillas, con las manos apoyadas en la hierba. Tenía la cara oscura, del color del barro seco, y el pelo muy largo, de un rubio mezclado de vetas negras, como quemado por el sol. No decía nada y se quedó así, de rodillas. Luego, cayó contra la hierba, pero levantando la cabeza, para no desfallecer del todo. Mi hermano mayor se acercó despacio, y luego nosotros.

Parecía mentira lo pequeño y lo delgado que era. «Por la carretera parecían mucho más altos», pensé. Efrén estaba de pie a su lado, con sus grandes y macizas piernas separadas, los pies calzados con gruesas botas de ante. ¡Qué enorme y brutal parecía Efrén en aquel momento!

-¿No tienes aún bastante? -dijo en voz muy baja, sonriendo. Sus dientes, con los colmillos salientes, brillaban al sol-. Toma, toma...

Le dio con la bota en la espalda. Mi hermano mayor retrocedió un paso y me pisó. Pero yo no podía moverme: estaba como clavada en el suelo. El chico se llevó la mano a la nariz. Sangraba, no se sabía si de la boca o de dónde. Efrén nos miró.

-Vamos -dijo-: Este ya tiene lo suyo-. Y le dio con el pie otra vez.

-¡Lárgate, puerco! ¡Lárgate en seguida!

Efrén se volvió, grande y pesado, despacioso hacia la casa, muy seguro de que le seguíamos.

Mis hermanos, como de mala gana, como asustados, le obedecieron. Sólo yo no podía moverme, no podía, del lado del chico. De pronto, algo raro ocurrió dentro de mí. El chico estaba allí, tratando de incorporarse, tosiendo. No lloraba. Tenía los ojos muy achicados, y su nariz, ancha y aplastada, brillaba extrañamente. Estaba manchado de sangre. Por la barbilla le caía la sangre, que empapaba sus andrajos y la hierba. Súbitamente me miró. Y vi sus ojos de pupilas redondas, que no eran negras, sino de un pálido color de topacio, transparentes, donde el sol se metía y se volvía de oro. Bajé los míos, llena de una vergüenza dolorida.

El chico se puso en pie despacio. Se debió herir en una pierna, cuando Efrén le arrastró, porque iba cojeando hacia la empalizada. No me atreví a mirar su espalda, renegrida, y desnuda entre los desgarrones. Sentí ganas de llorar, no sabía exactamente por qué. Únicamente supe decirme: "Si sólo era un niño. Si era nada más que un niño, como otro cualquiera".

Ana María Matute

miércoles, 13 de julio de 2011

POESÍA DE GÓNGORA / 2


Hoy toca un poema culterano, y hemos elegido el soneto que dedica Góngora a la muerte del pintor el Greco. Ambos, aunque no lo creáis, tienen puntos en común.


Es poesía complicada, llena de hipérbatos, metonimias, personificaciones, hipérboles, referencias a la mitología... Nadie dijo que fuera fácil.

INSCRIPCIÓN PARA EL SEPULCRO
DE DOMÍNICO GRECO


Esta en forma elegante, oh peregrino,

de pórfiro luciente dura llave

el pincel niega al mundo más süave,

que dio espíritu a leño, vida a lino.


Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la Fama cabe,

el campo ilustra de ese mármol grave.

Venéralo y prosigue tu camino.


Yace el Griego: heredó Naturaleza
arte y el Arte estudio, Iris colores,

Febo luces, si no sombras Morfeo.


Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba y cuantos suda olores

corteza funeral de árbol sabeo.


martes, 12 de julio de 2011

POESÍA DE GÓNGORA / 1


Lo prometido es deuda, y aqué tenéis un poema de Luis de Góngora. Es un romancillo que pertenece a su vena popular, y es especialmente interesante porque describe cómo era un día de fiesta para unos niños cordobeses de finales del siglo XVI. Quizá hay algo de autobiográfico.

Hermana Marica,
Mañana, que es fiesta,
No irás tú a la amiga

Ni yo iré a la escuela.

Pondraste el corpiño
Y la saya buena,
Cabezón labrado,

Toca y albanega;

Y a mí me podrán
Mi camisa nueva,
Sayo de palmilla,

Media de estameña;

Y si hace bueno
Trairé la montera
Que me dio la Pascua
Mi señora abuela,

Y el estadal rojo
Con lo que le cuelga,
Que trajo el vecino
Cuando fue a la feria.

Iremos a misa,
Veremos la iglesia,
Darános un cuarto
Mi tía la ollera.

Compraremos dél
(Que nadie lo sepa)
Chochos y garbanzos
Para la merienda;

Y en la tardecica,
En nuestra plazuela,
Jugaré yo al toro
Y tú a las muñecas

Con las dos hermanas,
Juana y Madalena,

Y las dos primillas,
Marica y la tuerta;

Y si quiere madre
Dar las castañetas,
Podrás tanto dello
Bailar en la puerta;

Y al son del adufe
Cantará Andrehuela:
No me aprovecharon,
madre, las hierbas.

Y yo de papel
Haré una librea
Teñida con moras
Porque bien parezca,

Y una caperuza
Con muchas almenas;
Pondré por penacho
Las dos plumas negras

Del rabo del gallo,
Que acullá en la huerta
Anaranjeamos
Las Carnestolendas;

Y en la caña larga
Pondré una bandera
Con dos borlas blancas
En sus tranzaderas;

Y en mi caballito
Pondré una cabeza
De guadamecí,
Dos hilos por riendas;

Y entraré en la calle
Haciendo corvetas,

Yo y otros del barrio,
Que son más de treinta;

Jugaremos cañas
Junto a la plazuela,
Porque Barbolilla

Salga acá y nos vea;

Bárbola, la hija
De la panadera,
La que suele darme
Tortas con manteca,

Porque algunas veces
Hacemos yo y ella
Las bellaquerías
Detrás de la puerta.

Góngora, 1580


lunes, 11 de julio de 2011

450 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE LUIS DE GÓNGORA



DON LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE nació el 11 de julio de 1561; es decir, si hubiera sido inmortal hoy hubiera cumplido 450 años, fecha redonda que aprovechamos para recordarlo, porque es posible que no lleguemos al quinto centenario.

Don Luis es ese señor vestido de negro y de gesto adusto que nos mira desde las páginas de los libros de Lengua Castellana y Literatura (sobre todo en los de 3º de la ESO y en los de 1º de Bachillerato). Los alumnos más espabilados recordarán que forma parte del Siglo de Oro de la Literatura española; alguno afinará más y dirá que era un gran poeta y puede que lo relacione con una corriente poética que se llamaba culteranismo; quizá alguien recuerde que fue muy admirado por la Generación del 27. No creo que lleguen más allá. Tampoco llegarán los adultos, a no ser que sean profesores de Literatura. Así que vamos a intentar acercaros a este literato, que era todo un personaje.

Nació, como ya hemos dicho, en pleno mes de julio y en Córdoba, por lo que hemos de suponer que su primera sensación del mundo fue un calor sofocante. Nació en el seno de una familia de hidalgos, aunque su enemigo poético Quevedo siempre quiso ver un su nariz algo de juadizante. Su madre, Leonor de Góngora, pertenecía a una rica familia cordobesa; su padre, Francisco de Argote, había estudiado Leyes en Salamanca, era Consultor y Juez de bienes confiscados del Santo Oficio, y un erudito; y su tío, Francisco de Góngora era racionero de la catedral. La casa de los Góngora contenía una importante biblioteca y era centro de reunión de los intelectuales de la Córdoba de la época.

Desde muy pronto se decidió que él, el primogénito, heredaría las rentas eclesiásticas de tío Francisco, mientras que su hermano Juan se haría cargo de las rentas civiles de la familia. Pero Luisillo crecía y corría despreocupado por las calles de Córdoba y probablemente, como cuenta en su famoso romancillo, se hacía un disfraz de militar y un caballo de juguete para entrar en la plaza haciendo corbetas, y jugaba a las cañas con sus amigos, mientras su hermanilla cantaba y bailaba con otras niñas.

En fin, abreviemos, que esto se alarga. Con 14 años toma las órdenes menores para poder acceder a las rentas eclesiásticas del tío. Es decir, pasa a trabajar para la Iglesia a cambió de un sueldo. Ese dinero le permite marcharse a Salamanca a estudiar (1576), y lo hace como un señor: en una casa alquilada, con ama y criados. Pero estudiar, estudió poco. Dejó la Facultad de Cánones cinco años después y sólo había conseguido el título de Bachiller (que no era poco en la época).

De vuelta a Córdoba, sigue dándose la buena vida y se ordena diácono para poder ejercer como racionero de la catedral. Viaja mucho con encargos del episcopado, y llegará a la corte, que despreciará con ese orgullo que sólo puede tener un cordobés, aunque él terminará cayendo en la trampa de la vida mundana y cortesana. El desprecio de la corte quedó sólo como tópico literario.

Su vida está vinculada a la Iglesia, pero él no es precisamente un modelo de perfección: 1988 se le pone una multa por: ir poco al coro, hablar durante el oficio, murmurar sobre las vidas ajenas, ir a los toros, tratar con comediantes y escribir coplas. Además, le gustaba el juego y tenía mal perder.

De todas formas, fue escalando puestos eclesiásticos, siguió viajando a cuenta del cabildo y aprovechó para estrechar lazos con los poderosos y buscar hombres influyentes que lo protegieran, aunque en eso tuvo poca vista. Sus protectores o cayeron en desgracia en el aprecio real o murieron en circunstancias que podríamos llamar “violentas”: Don Rodrigo Calderón, el conde de Villamediana y el conde de Lemos.

En 1618 se ordena sacerdote como medio para conseguir que lo nombren capellán real. Pero su vida es poco “sacerdotal”: va a fiestas, a los toros, al teatro… y juega y pierde y contrae deudas y los acreedores lo acosan. Es en esta época cuando lo pinta Velázquez por encargo de su suegro (el de Velázquez), el también pintor Pacheco. La boca apretada, gesto adusto y amargado, mirada penetrante e inteligente y una altivez que raya en la impertinencia. Se sabe un gran poeta, pero no se vive de la poesía.

Su situación económica es cada vez peor. Cuentan que hacia 1624 no salía de casa porque su ropa estaba demasiado vieja y gastada. ¡Ay, estos hidalgos pobres y orgullosos! Además fue desalojado de su casa por deudas, y dicen que fue su enemigo Quevedo quien compró la vivienda.

En 1626 le dio un ataque cerebral. Pobre y enfermo, decide regresar a su querida Córdoba. Ha perdido la memoria. Es posible que en su cabeza llena de neblina sonaran las canciones que cantaban unas niñas en la plazuela, mezcladas con los gritos y las risas de unos chicos jugando cañas…

Murió el domingo 23 de mayo de 1627 y fue enterrado en la capilla de San Bartolomé de la Catedral de Córdoba.

En su obra podemos encontrar una vertiente de raíz popular: romances, romancillos y otras composiciones; y esa poesía culterana que le ha dado fama. Fue muy apreciado en el siglo XVII y rechazado en el XVIII, siglo de luces y claridades donde encajaba mal la poesía compleja de Góngora. Tenemos que esperar hasta 1927, cuando se celebra el tercer centenario de su muerte, para que se vuelva a hablar del poeta cordobés con admiración. Los encargados de resucitarlo fueron un grupo de poetas universitarios, jóvenes, con ganas de renovar la poesía, que interpretaron la poesía gongorina como “pura vanguardia”: poesía elitista, deshumanizada, autónoma y con unas hermosas y elaboradas metáforas que se alejaban de la realidad y se acercaban a la imagen de vanguardia. Se reunieron en el Casino de Sevilla para hacerle un homenaje. De esa fecha deriva el nombre de Generación del 27.

Miembros de la Generación del 27 en el homehaje a

Góngora en 1927 en el Casino de Sevilla

En los próximos días, vais a poder disfrutar de algunos poemas de Góngora. ¡Qué suerte tenéis!

domingo, 10 de julio de 2011

BANDA SONORA PARA EL VERANO - Summer

Hoy nos toca un japonés: Joe Hisaishi, compositor y pianista que ha compuesto más de cien bandas sonoras para películas. Aquí interpreta, como no podía ser de otra manera, la pieza Summer.




sábado, 9 de julio de 2011

LA LÍNEA

Hoy tenemos una cosa ligera y fresquita. Se trata de un episodio de La Línea, serie de animación de Osvaldo Cavandoli (1920-2007). La Línea fue creada a finales de los años sesenta como parte de una campaña publicitaria de utensilios de cocina. Después el personaje se independizó y pasó a protagonizar una serie de animación original y de éxito.

El personaje camina siempre por una línea de la que él mismo forma parte; va encontrando obstáculos, problemas, chilla, se queja y se enfada; pero su creador está siempre ahí -como un dios omnipresente y omnipotente- para darle soluciones.



A lo largo del verano os mostraremos más episodios de esta línea cascarrabias.

viernes, 8 de julio de 2011

LO QUE HAY QUE VER - Exposiciones






ANTONIO LÓPEZ EN EL MUSEO THYSSEN DE MADRID




Antes, hace años, cuando llegaba el verano a Madrid, todo se paralizaba, todo se abandonaba y la ciudad quedaba a merced de este calor mesetario y agobiante. Era una ciudad hipotensa, casi desierta, como en los cuadros de Antonio López. Pero hoy en día se ha extendido el turismo cultural y Madrid es un punto de referencia para cientos de miles de personas a las que no les importa pasar calor con la única recompensa de ver museos y exposiciones. Por eso, ahora se puede pasar un maravilloso verano en esta ciudad llena de cosas interesantes. Ya hemos dado cuenta en este blog de algunas de ellas y seguiremos haciéndolo. Los que prefieran Gandía, Benidorm o cualquier otro paraíso por el estilo que no se preocupen, no va con ellos.

Bueno, todo este rollo es para anunciaros esta maravillosa exposición de Antonio López (Tomelloso, 1936). Dicen que su pintura es hiperrealista, pero no es verdad; y él lo sabe. Lleva años tratando de atrapar la realidad con sus pinceles, pero siempre se le escapa.

El año pasado, a finales de agosto, pasaba yo por la Puerta del Sol y había un grupo de personas concentradas armando cierto revuelo y haciendo fotos. En el centro estaba un señor bajito y mayor frente a un caballete: pintaba un ángulo de la plaza bajo un sol de justicia. La gente estaba prácticamente encima de él, con lo que la sensación de calor debía ser todavía más axfisiante. Era Antonio López, y ni se inmutaba; sonreía y seguía pintando. Pasé por allí varios días consecutivos y allí seguía todas las tardes, hasta que acabó agosto. Entonces cogió su caballete y se marchó: la luz había cambiado. Lleva haciendo eso varios años. Algún día acabará ese cuadro, habrá intentado captar esa luz y esa atmósfera vespertinas de agosto, pero en el momento en que dé la última pincelada, la realidad ya habrá cambiado y será diferente a lo pintado. Por eso Antonio López nunca considera una obra terminada.


Tiene un cuadro del que no recuerdo el nombre, pero sí su historia. Se lo encargó una pareja de jóvenes recién casados. El cuadro tenía que ser un reflejo de esa vida que comenzaban juntos. Antonio López empezó la obra pintando del natural, como siempre, poco a poco, como siempre, demorándose en cada pincelada para captar en ella la realidad. Tanto tardaba que la mujer quedó embarazada y tuvo un hijo. Se hacía necesario incluir al niño en el cuadro porque ya formaba parte de la historia de la pareja. Lo incluyó el pintor, y lo hizo rápidamente: él sabe que los niños cambian con mucha rapidez y no se puede uno encantar pintándolos. Siguió pintando el cuadro. Allí estaba la pareja y la cabeza de su hijo. Se siguió demorando, y la pareja se separó. El cuadro, precioso, quedó incompleto, como el proyecto en común de esa pareja. Así es la vida y la realidad: es muy difícil atraparla.
En fin, os contaría muchas otras cosas, pero es mejor que os acerquéis a ver la exposición y que leáis todo lo que viene en el especial al que podeís acceder con un "clic". De verdad que merece la pena.

ESPECIAL ANTONIO LÓPEZ

Elena Osorio
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jueves, 7 de julio de 2011

LA DISCOTECA DEL VERANO

Ya sabéis que nuestro blog no coge vacaciones, así que a lo largo del verano también irán apareciendo cositas. De momento, inauguramos la sección "La discoteca del verano", en la que iremos poniendo músicas varias: rarezas, antiguallas, curiosidades, músicas del mundo...; según nos dé.

Empezamos con Chris Montez interpretando una estupenda canción:
The More I See You. Este californiano de origen hispano nació en 1943 y empezó muy pronto, siendo un niño, a cantar rancheras con sus hermanos. Allá por los años sesenta ya estaba crecidito y comenzó a buscar su propio estilo dentro de la modernidad de la época. Tuvo un gran éxito con baladas como esta. Una auténtica delicia fresquita para los calores del verano.





Le dedicamos esta canción a nuestra amiga bloguera Patricia Bejarano, ex-alumna de El Olivo y olivarera de corazón, porque nos ha venido sugerida por su magnífico blog. Un besazo, Patricia.

miércoles, 6 de julio de 2011

LO QUE HAY QUE VER - EXPOSICIONES

YAYOI KUSAMA EN EL MUSEO REINA SOFÍA

Yayoi Kusama nació en Matsumoto (Japón) en 1928; es decir, cuenta con 83 años, porque todavía vive. Es la artista japonesa más conocida e internacional. En 1957 se marchó a vivir a Nueva York, centro de todos los movimientos artísticos del momento, y allí participó y formó parte de LA MODERNIDAD, así con mayúsculas. Se movió y se mueve entre el Pop, la excentricidad, el minimalismo, el movimiento
hippie, lo happenings, la locura... Son famosas sus instalaciones, en las que mezcla espejos, globos, juguetes... y ella misma se incluye como parte de su propia obra.

En la actualidad vive en un psiquiátrico en Japón (por voluntad propiia y como externa) y, a pesar de sus años, sigue trabajando en su estudio, incansable, luminosa, divertida...

Os ofrecemos una presentación con imágenes de algunas de sus obras y os recomendamos que no os perdáis la exposición del Reina Sofía que ha estado antes en París, en Londres y en Nueva York. Estará hasta el 12 de septiembre. Además, en el museo se está fresquito.



martes, 5 de julio de 2011

PHOTOESPAÑA 2011

Otra vez tenemos aquí PHOTOESPAÑA con un montón de actividades y exposiciones en torno a la fotografía. No os lo podéis perder. Dura hasta el 24 de julio. Para más información, pinchad en la siguiente imagen:

lunes, 4 de julio de 2011

BANDA SONORA PARA EL VERANO - Estate

Advertimos que "estate" significa "verano" en italiano. Así se llama esta preciosa pieza, interpretada aquí por Bruno Martino (1925-2000), gran pianista de jazz italiano, además de compositor y cantante. Esta canción la compuso en 1960, y ha sido interpretada y cantada por muchísimos artistas. En fin, una joyita de las que nos gustan.



domingo, 3 de julio de 2011

sábado, 2 de julio de 2011

EFEMÉRIDES - ERNEST HEMINGWAY

Hoy hace cincuenta años que murió Ernest Hemingway (1899-1961), periodista y escritor norteamericano que supo convertir su persona en todo un mito. Hijo de una familia acomodada, heredó de su padre la afición a la pesca y a la caza, y de su madre, la afición a la música. Desde muy pequeño supo manejar la caña de pescar, la carabina y el violonchelo. No contento con eso, era también un buen deportista: destacaba en waterpolo, rugby y boxeo. Como estudiante no era muy brillante, excepto en Lenguas. También muy pronto empezó a hacer sus pinitos literarios y colaboró en el periódico de su instituto. Quizá fue ahí donde descubrió su vocación como periodista.

Cuando acabó sus estudios en el instituto, le dio el disgusto a sus padres de no ir a la Universidad, que era lo que se esperaba de él. Prefirió empezar a trabajar como periodista en un periódico de Kansas.

La Primera Guerra Mundial significó para el joven Ernest un magnífica aventura que no se podía perder (siempre fue un hombre de acción), pero fue rechazado como combatiente por un defecto en un ojo, así que se convirtió en conductor de ambulancias de la Cruz Roja y estuvo en esa Europa enfrascada en una guerra cruel y sangrienta. Fue herido, se portó como un héroe, le dieron una medalla y se enamoró de una enfermera. Con todas esas experiencias hará, algunos años más tarde, una de sus novelas más conocidas: Adiós a las armas (1929).

De vuelta a Estados Unidos (1919) continúa trabajando como periodista y se casa con Elizabeth Hadley Richardson (1920). Dos años después se trasladan a vivir a París, pasando a formar parte de lo que se ha denominado la “generación perdida” norteamericana, una serie de escritores e intelectuales que abandonaron su país y prefirieron vivir y crear en Europa, principalmente en Francia. Entre ellos estaban Gertrude Stein, Ezra Pound y F. Scott Fitzgerald. Hay que tener en cuenta que en esos años París era el epicentro del terremoto conocido como las VANGUARDIAS. Todo lo nuevo se cocía allí. Había que estar allí, y allí estaban Picasso, Juan Gris, Dalí, Modigliani, César Vallejo y un larguísimo etcétera. Eran los tiempos en los que Montmatre y el barrio Latino de París estaban en plena ebullición creadora. Woody Allen, en su última película (Midnight in Paris, 2011) hace un homenaje a esa época y aparece un Hemingway joven, broncas, obsesionado por la acción y algo egocéntrico. Se trata de una caricatura, pero es posible que haya algo de verdad.




En París escribe cuentos y poesía, pero nadie le hace caso. Las Vanguardias no daban para comer, así que tuvo que trabajar como corresponsal de prensa, y eso le permitió viajar por Europa y llegar a España, país por el que sintió una gran fascinación (tan dramático, tan irracional…).




A partir de 1925 su literatura cambia. Deja atrás los experimentos y se dedica a novelar su vida y sus experiencias en un estilo asequible para el público. Ahora sí, llega el éxito: Fiesta (1926) y Adiós a las armas (1929), entre otras.




Cuando estalla la Guerra Civil española, Hemingway se desplaza a España como corresponsal y como intelectual, y apoya abiertamente al gobierno republicano. En este enlace podrás leer algunas de sus crónicas: CRÓNICAS HEMINGWAY




Cuando estaba en el Madrid asediado por el ejército golpista, se alojaba en el Hotel Florida, en Callao (ya no existe, pero estaba más o menos donde hoy está el Corte Inglés de la calle del Carmen), donde iban a parar la mayoría de los corresponsales de guerra extranjeros, los escritores e intelectuales y algunas de las bombas de los rebeldes.




Su labor en la Guerra Civil fue más allá de la de un corresponsal: participó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y se enamoró de Martha Gelhorn (se casará con ella más tarde), una corresponsal norteamericana que escribió unas excelentes crónicas sobre la vida cotidiana en el Madrid sitiado (CRÓNICAS M. GELHORN)




Tras la guerra española, estalló la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y allá que se fue Hemingway como corresponsal. Estuvo en el desembarco de Normandía y fue uno de los primeros aliados en entrar en París tras su liberación. Le gustaba estar en la primera fila.



Después de algunos años sin escribir (había que digerir tanta acción), publicó en 1950 Al otro lado del río y entre los árboles.




Tras la guerra, se fue a vivir a Cuba, y es allí donde, en 1952, escribe el relato breve El viejo y el mar, de lo mejorcito que ha salido de su pluma, por el que recibió el premio Pulitzer en 1953. Un año más tarde, le dieron el Nobel de Literatura.




Siguió viviendo en Cuba porque adoraba ese país y porque le unía una gran amistad con Fidel Castro. Viajaba con cierta frecuencia a España porque le gustaban los toros, que le habían inspirado una novela: Muerte en la tarde (1932); pero ya no estaba en pie el Hotel Florida. Encontró acomodo en el Hotel Suecia (calle Marqués de Casa Riera esquina a calle Los Madrazo), que le gustaba porque estaba equidistante entre Chicote y el Museo del Prado. Hoy tampoco existe ya el Hotel Suecia, y es una pena, porque era un lugar muy tranquilo en el que ponían unos sándwiches riquísimos. Es lo que pasa en el reino de la especulación.



En su retiro cubano, quería escribir una gran obra sobre sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial, pero no le salía. Su mente volvía una y otra vez a su juventud en París y en España, cuando era “pobre, pero muy feliz”. Llevó mal la vejez y sus miserias. El alcohol ya no era suficiente. Le pesaba la vida, esa vida ya sin acción que formaba parte de las enciclopedias. Ya no era el joven que hacía historia, sino un viejo que se había convertido en un mito para la historia.





En 1960 realizó su último viaje a España (aunque él no lo sabía). Se sintió mal, muy mal, sobre todo anímicamente, y volvió a Estados Unidos, donde fue ingresado. Tras salir del hospital, se retiró a su casa de Ketchum (Idaho). El 2 de julio de 1961 murió de un disparo de su propia escopeta, quizá fue un accidente, quizá no.

Su estilo seco, de frases cortas y su fuerza narrativa fueron muy admirados por las generaciones posteriores, y abrieron uno de los caminos de la narrativa actual. El otro camino, el de la experimentación -más abrupto- lo inició su compatriota Faulkner (ya hablaremos de él algún día).




El viejo y el mar es una excelente obra para que los que no lo conozcan lleguen hasta él. Leerlo es la mejor forma de recordarlo.

Marta de Nevares






Otro artículo sobre Hemingway





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viernes, 1 de julio de 2011

UN POEMA PARA JULIO - HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ



Nos lo temíamos: no hemos encontrado ningún poema de Miguel Hernández que hable del mes de julio (no decimos que no lo haya, sino que no lo hemos encontrado). Pero hemos dado con éste, que habla de estío, pitas, chumberas y cigarras, todo en un estilo entre gongorino y huertano. Como siempre, esperamos que os guste.





GUERRA DE ESTÍO

¡Oh combate imposible de la pita
con la que en torno mío luz avanza!
Su bayoneta, aunque incurriendo en lanza,
en vano con sus filos se concita;
como la de elipsoides ya crinita,
geométrica chumbera, nada alcanza:
lista la luz me toma sobre el huerto,
y a cañonazos de cigarras muerto.




Miguel Hernández




jueves, 30 de junio de 2011

REVISTA CIENOLILETRAS



Ahora sí que nos despedimos de verdad, y lo hacemos con la presentación del nº 5 de nuestra revista. Siempre a última hora, no escarmentamos. Cada año nos proponemos que el próximo empezaremos a maquetarla antes, pero ya se sabe: los exámentes, las evaluaciones... El caso es que está aquí, fiel a su cita.

Esta revista forma parte del proyecto de Dinamización de los IES promovido por la Concejalía de la Juventud del Ayuntamiento de Parla. A principios de curso presentamos nuestro proyecto, que incluye el blog y la revista, ya que ésta recoge lo más interesante y representativo de lo que ha ido apareciendo en el blog a lo largo de todo el año. La Concejalía nos ha proporcionado parte del dinero para su impresión, pero no todo, claro. El resto (más de la mitad), sale de las arcas de nuestro instituto.

Es -y queremos que siga siéndolo- la revista de todos, porque entre todos la construimos. Gracias, mil gracias, a todos los que habéis colaborado.

Sentimos que no haya estado a tiempo para que se la llevaran a casa todos los alumnos que han participado, pero estará esperándolos en El Olivo hasta septiembre.


Ahora sí:

FELICES VACACIONES A TODOS

CUIDAOS Y DISFRUTAD DE LA VIDA

HASTA SEPTIEMBRE

DÍA DE DESPEDIDAS 4

Una nueva promoción de bachilleres de El Olivo ya está en órbita. Son alumnos y ex-alumnos al mismo tiempo. Ya tienen un pie en la Universidad o un Ciclo Formativo. Desde aquí les deseamos muchísima suerte en todo lo que emprendan y deseamos que no nos olviden del todo.





Como ya es tradicional, este blog, que es el suyo, les regala un poema para que los acompañe en la nueva etapa que ahora inician. Esta vez se lo hemos pedido prestado a Walt Witman (1819-1892), ese gran poeta norteamericano con voz y aspecto de patriarca. Pertenece a su libro Hojas de hierba. Ahí va:




CANTO DE MÍ MISMO

Sé que poseo lo mejor del tiempo y del espacio; nunca he
sido medido, y no seré medido jamás.

Viajo eternamente (¡venid todos a escucharme!),
Mis señas son un capote de invierno, zapatos recios y un
báculo cortado en el bosque,
Ningún amigo mío se sentará en mi silla a descansar,
No tengo cátedra, ni iglesia, ni filosofía,
No llevo a ningún hombre a la mesa puesta, ni a la biblio-
teca, ni a la bolsa,
Pero a vosotros, hombres y mujeres, os llevo a la cumbre,
Con mi brazo izquierdo os rodeo la cintura,
Con mi mano derecha os señalo los pasajes de los continentes
y el camino real.

Ni yo, ni nadie, pueden recorrer ese camino por ti,
Tú mismo tienes que recorrerlo.

No queda lejos, es fácil llegar a él,
Acaso has estado recorriéndolo desde que naciste, sin saberlo,
Acaso está en todas partes, en la tierra y en el mar.

Échate tus trapos al hombro, hijo mío, yo tomaré los míos
y pongámonos en camino sin demora,
Maravillosas ciudades y naciones libres encontraremos a nues-
tro paso.

Si te cansas, me darás las dos cargas y apoyarás tu mano en
mi cadera,
Y, cuando yo te lo pida, me recompensarás con el mismo
servicio,
Pues, habiéndonos puesto en marcha, ya no podremos des-
cansar.

Esta mañana, antes del amanecer, subí a una colina a contem-
plar el firmamento poblado de estrellas,
Y le dije a mi alma: Cuando poseamos aquellos mundos y el
placer y la sabiduría de todo cuanto hay en ellos, ¿esta-
remos por fin llenos y satisfechos?
Y mi alma dijo: No, no habremos hecho otra cosa que alcan-
zar esos mundos para ir más allá.

También tú me haces preguntas y yo te escucho,
Y te digo que no puedo contestarte, y que la respuesta has de
encontrarla por ti mismo.
Siéntate un momento, hijo mío,
Aquí tienes pan para comer y leche para beber,
Mas tan pronto como hayas dormido y te hayas puesto ropa
fresca, te daré un beso de adiós y te abriré la puerta
para que salgas.

Largo tiempo has soñado sueños despreciables,
Mas ahora te quito la venda de los ojos,
Para que te acostumbres al resplandor de la luz y de cada
uno de los instantes de tu vida.

Largo tiempo has vadeado, asido de una tabla, cerca de la
playa,
Ahora quiero que seas un nadador intrépido,
Que saltes en medio del mar, que te levantes, que me hagas
señales, que grites, que agites el agua con tus cabellos.

Hojas de hierba